Las mil maneras de hacer spritz en verano

Hay pocos cócteles que encajen tan bien con el verano como el spritz, cuyo Día Mundial se celebra el 1 de agosto. Su perfil ligero, burbujeante y versátil lo ha convertido en una de esas bebidas que se reinterpretan una y otra vez, desde versiones más clásicas hasta propuestas con frutas, botánicos, tónicas aromáticas o fórmulas sin alcohol.

La clave del spritz está en su flexibilidad. A partir de una estructura sencilla —vino, aperitivo o destilado, y una parte de burbuja— se abren infinitas posibilidades según el momento del día, el gusto personal o el tipo de comida con la que se sirva. Por este motivo admite acentos cítricos, notas florales, matices amargos, frutas rojas, hierbas frescas o incluso versiones zero alcohol.

El recetario de Royal Bliss muestra precisamente esa diversidad, con propuestas que van desde un Aperol Signature Spritz o un Spritz Atardecer Romántico hasta combinaciones con Vermut Rojo, Campari, ginebra London Dry o Moscato Blanco. También aparecen fórmulas más frescas y veraniegas como Floral Sunset, Orange Bloom o Berry Spritz, pensadas para quienes buscan un perfil más frutal o más aromático.

Esa variedad explica por qué el spritz ha dejado de ser una sola bebida para convertirse en una familia de ellas. Hay versiones con prosecco, cava o frizzante; otras con vermut y bitter; y algunos que se apoyan en mezcladores como Royal Bliss Signature Tonic Water, Aromatic Berry o Pink Grapefruit para reforzar el carácter del trago sin restarle ligereza.

Uno de sus grandes atractivos para las nuevas generaciones es que ya no depende del alcohol para resultar interesante. Versiones como Passion Spritz 0, Green Zen o Rosso Negroni 0.0, que juegan con infusiones, siropes, cítricos y mezcladores para mantener la sensación refrescante, se unen a propuestas como Sanum Gintonic 0,0 o Pineapple Spritz, pensadas para quienes quieren una bebida más ligera y apta para cualquier hora.

Si algo demuestra esta colección es que el spritz se ha vuelto un territorio de experimentación. Ya no basta con mezclar y servir: ahora importa el equilibrio entre dulzor y amargor, la elección de la guarnición, el tipo de hielo, la temperatura y hasta el vaso. Una rodaja de naranja, un twist de pomelo, una hoja de menta o una flor comestible pueden cambiar por completo la percepción final del cóctel.

El spritz también tiene algo de ritual de temporada. Se asocia a la terraza, al aperitivo largo, a la sobremesa con hielo abundante y al momento de desconexión en el que la bebida importa tanto por su sabor como por su estética. Por eso funciona tan bien en verano: refresca, acompaña y permite adaptarse a contextos muy distintos sin perder personalidad.

¡Compartir es vivir!

Hay pocos cócteles que encajen tan bien con el verano como el spritz, cuyo Día Mundial se celebra el 1 de agosto. Su perfil ligero, burbujeante y versátil lo ha convertido en una de esas bebidas que se reinterpretan una y otra vez, desde versiones más clásicas hasta propuestas con frutas, botánicos, tónicas aromáticas o fórmulas sin alcohol.

La clave del spritz está en su flexibilidad. A partir de una estructura sencilla —vino, aperitivo o destilado, y una parte de burbuja— se abren infinitas posibilidades según el momento del día, el gusto personal o el tipo de comida con la que se sirva. Por este motivo admite acentos cítricos, notas florales, matices amargos, frutas rojas, hierbas frescas o incluso versiones zero alcohol.

El recetario de Royal Bliss muestra precisamente esa diversidad, con propuestas que van desde un Aperol Signature Spritz o un Spritz Atardecer Romántico hasta combinaciones con Vermut Rojo, Campari, ginebra London Dry o Moscato Blanco. También aparecen fórmulas más frescas y veraniegas como Floral Sunset, Orange Bloom o Berry Spritz, pensadas para quienes buscan un perfil más frutal o más aromático.

Esa variedad explica por qué el spritz ha dejado de ser una sola bebida para convertirse en una familia de ellas. Hay versiones con prosecco, cava o frizzante; otras con vermut y bitter; y algunos que se apoyan en mezcladores como Royal Bliss Signature Tonic Water, Aromatic Berry o Pink Grapefruit para reforzar el carácter del trago sin restarle ligereza.

Uno de sus grandes atractivos para las nuevas generaciones es que ya no depende del alcohol para resultar interesante. Versiones como Passion Spritz 0, Green Zen o Rosso Negroni 0.0, que juegan con infusiones, siropes, cítricos y mezcladores para mantener la sensación refrescante, se unen a propuestas como Sanum Gintonic 0,0 o Pineapple Spritz, pensadas para quienes quieren una bebida más ligera y apta para cualquier hora.

Si algo demuestra esta colección es que el spritz se ha vuelto un territorio de experimentación. Ya no basta con mezclar y servir: ahora importa el equilibrio entre dulzor y amargor, la elección de la guarnición, el tipo de hielo, la temperatura y hasta el vaso. Una rodaja de naranja, un twist de pomelo, una hoja de menta o una flor comestible pueden cambiar por completo la percepción final del cóctel.

El spritz también tiene algo de ritual de temporada. Se asocia a la terraza, al aperitivo largo, a la sobremesa con hielo abundante y al momento de desconexión en el que la bebida importa tanto por su sabor como por su estética. Por eso funciona tan bien en verano: refresca, acompaña y permite adaptarse a contextos muy distintos sin perder personalidad.

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