Sato Kaeru, de Valencia

  • Valencia

  • Poeta Más i Ros 35, bajo derecha

  • De martes a sábado de 21 a 23:30.

El omakase inesperado

David Blay

Hay, de repente, zonas inusitadas que dan un salto gastronómico y se posicionan en la ciudad como un polo de atracción. Ocurrió, hace ya años, en Aragón uniendo a Askua y Aragón 58 lugares como Gran Azul, Kibo, Malaherba, Quina, Tonyina o Kaido. Y, de manera insospechada, ha ido construyéndose en el entorno de la Plaza del Cedro.

Cerca de donde se consolidó La Salita primigenia, primero fue Miracle, seguido de Mil Grullas. Les siguió Sardo Pasta Bar. Y, desde enero de 2026, ha comparecido una oferta que por original e inesperada está calando incluso en los reticentes a la cocina japonesa. La escasez, en las ventas, siempre garantiza resultados si dispones de un buen producto. Y una barra para ocho personas que solo abre cinco noches a la semana es el mayor exponente de ello.

Todo en la propuesta habla de sencillez. Hasta de desnudez. Desde la sobriedad de la entrada, las sillas y la (corta, por decisión propia) carta de vinos hasta el trato de Rui Silva. El cocinero, que ejerce también de maestro de ceremonias, invita a una experiencia sin prisas, donde la conversación pueda fluir con los acompañantes escogidos o aquellos que te encuentras durante tu reserva.

Una reserva, todo sea dicho, que ya es compleja de gestionar. Pocas plazas, pocos servicios, muy buen producto y elaboración de alto nivel confluyen para que el boca a boca haya viajado con presteza. De hecho, en su web no hay información alguna: solo un calendario a dos meses vista en el que apenas existe una opción libre para nuevos comensales.

Fotografía: Mireia Sánchez

Una vez sentados, domina la calma. En la elaboración, en el intercambio de palabras, en la explicación de los platos y hasta en la sobremesa acompañada (si se quiere) de sake. Y es ahí donde aparecen la gama de sabores y texturas que han catapultado Sato Kaeru a un imaginario que compite con nombres como Haku.

Se buscan productos, sobre todo del Mediterráneo y el Atlántico, de proximidad y calidad. En la mayoría de casos, procedentes de pequeños productores. Aunque cada vez más se trabaja también con importaciones desde Japón, para encontrar sabores característicos que se diferencian en diversos matices de lo que puede encontrarse en la Península Ibérica.

Fotografía: Mireia Sánchez

Es por este motivo, y por la propia etimología de la palabra omakase (dejarse guiar por lo que prepare el cocinero con aquello de que disponga ese día en su despensa) por lo que nunca dos menús son similares. Si bien, los tataki, sashimi nigiri son recurrentes. Y no solo eso, sino delicados y sabrosos en un equilibrio alto entre carnes, pescados y mariscos.

Lo más curioso es que Rui jamás ha estado en el país nipón (si bien ya está preparando su primer viaje junto a su pareja y socia, Ana Ortiz). Y tampoco ambiciona, al menos ahora, ampliar el negocio. Lo que demuestra que, en tiempos líquidos, quizá una de las mejores decisiones es depender de uno mismo. Y, con esa premisa, poder vivir de la manera que se ha escogido.

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