
El sello de Barcas 7 en el siglo XXI
David Blay
Hoy día, recuperar lugares emblemáticos en el centro de las ciudades es casi una quimera. Si bien muchos locales son objeto de deseo por parte de restauradores, los precios y la dificultad de hacer entender el concepto al público mayoritario de estas zonas (turistas, en muchos casos) hacen desistir proyectos que sobre el papel presentan solidez.
A ello hay que unir que, por uno mismo, el punto de aventura y de inversión en ocasiones no confluye. Y que si no has convencido con tus platos con anterioridad y alguien te acompaña en el camino, las ideas suelen quedarse como máximo en un Excel.
Hay, sin embargo, una saga de cocineros-empresarios que fuera de los márgenes habituales trata de rebuscar en las raíces. Y mira al downtown como un sitio, todavía, de posibilidades culinarias.
Es curioso que La Tòfona decidiera establecerse en la más que variada Conde Altea, donde ha conseguido convertirse en el referente arrocero y de producto de una zona donde el eclecticismo está enormemente presente. Y que su segunda apuesta naciera (y se mantenga) en Castellar.

Pero Luis Gómez siempre ha querido expandir una idea muy sencilla: una barra, elaboraciones de toda la vida y el retorno a lugares que se echan de menos y permiten disfrutar (todavía a un ticket razonable) de comida que conlleva memoria. O, para algunos perfiles, descubrimiento.
Y a ello se asocia el tránsito emocional que para cualquier valenciano supone volver a entrar en la calle Barcas número 7: cerveza bien tirada, conversación de barra y parada obligada antes de la mascletá, de una reunión o de un paseo cerca del Ayuntamiento.
Su idea era encontrar un bar de confianza en su propia ciudad, donde se pueda venir a por un café a primera hora, picar algo entre horas, volver a media tarde a por una vermut y acabar convirtiendo el sitio en una costumbre. Es decir, un local pensado para el parroquiano más que para el viajero de paso. Algo que ha conseguido en tan solo un año con caras que se repiten, amigos de antaño que se reencuentran y grupos nuevos que empiezan a hacerse sitio. Todo ello en un recinto de dos alturas con la barra abajo, destinada al tapeo y al trato directo. Y arriba, un comedor de paredes de ladrillo visto y un salón privado. Abre de martes a viernes desde las 8:30 horas, con desayunos y almuerzos, y mantiene el servicio hasta las 23:30. Los sábados, de 12:00 a 00:00.
La carta tiene una decisión que llama la atención en alguien reconocido por sus arroces: aquí no los hay. Esa ausencia deja el espacio libre para guisos a fuego lento, tapas y raciones, y para un recorrido por la cocina española que no se limita a lo valenciano. Hay gildas, salmonetes, bacalao y oreja crujiente. Hay albóndigas, caracoles a la madrileña y montadito de pringá. Y hay callos a la madrileña, fruto del vínculo personal del cocinero con la capital.

Ese pulso entre lo popular y lo técnico no es casual. Gómez empezó a trabajar en cocina mientras estudiaba y se formó en alta cocina junto a Alejandro del Toro, en un restaurante con estrella Michelin. Siendo muy joven asumió la dirección de cocina de Brosquil, donde consolidó un estilo propio basado en el arroz y la materia prima. En 2015 abrió La Tòfona, con una cocina valenciana actualizada y sin adornos innecesarios, y más tarde El Baret de La Tòfona, en Pobles del Sud, su hermano pequeño dedicado al tapeo y los arroces. Almadía no copia a ninguno de los dos, pero lleva a la barra el cuidado por el producto que define a ambos.
Quizá ahí esté la clave del proyecto: no resucitar un negocio, sino devolverle a un local su razón de ser.

El sello de Barcas 7 en el siglo XXI
David Blay
Hoy día, recuperar lugares emblemáticos en el centro de las ciudades es casi una quimera. Si bien muchos locales son objeto de deseo por parte de restauradores, los precios y la dificultad de hacer entender el concepto al público mayoritario de estas zonas (turistas, en muchos casos) hacen desistir proyectos que sobre el papel presentan solidez.
A ello hay que unir que, por uno mismo, el punto de aventura y de inversión en ocasiones no confluye. Y que si no has convencido con tus platos con anterioridad y alguien te acompaña en el camino, las ideas suelen quedarse como máximo en un Excel.
Hay, sin embargo, una saga de cocineros-empresarios que fuera de los márgenes habituales trata de rebuscar en las raíces. Y mira al downtown como un sitio, todavía, de posibilidades culinarias.
Es curioso que La Tòfona decidiera establecerse en la más que variada Conde Altea, donde ha conseguido convertirse en el referente arrocero y de producto de una zona donde el eclecticismo está enormemente presente. Y que su segunda apuesta naciera (y se mantenga) en Castellar.

Pero Luis Gómez siempre ha querido expandir una idea muy sencilla: una barra, elaboraciones de toda la vida y el retorno a lugares que se echan de menos y permiten disfrutar (todavía a un ticket razonable) de comida que conlleva memoria. O, para algunos perfiles, descubrimiento.
Y a ello se asocia el tránsito emocional que para cualquier valenciano supone volver a entrar en la calle Barcas número 7: cerveza bien tirada, conversación de barra y parada obligada antes de la mascletá, de una reunión o de un paseo cerca del Ayuntamiento.
Su idea era encontrar un bar de confianza en su propia ciudad, donde se pueda venir a por un café a primera hora, picar algo entre horas, volver a media tarde a por una vermut y acabar convirtiendo el sitio en una costumbre. Es decir, un local pensado para el parroquiano más que para el viajero de paso. Algo que ha conseguido en tan solo un año con caras que se repiten, amigos de antaño que se reencuentran y grupos nuevos que empiezan a hacerse sitio. Todo ello en un recinto de dos alturas con la barra abajo, destinada al tapeo y al trato directo. Y arriba, un comedor de paredes de ladrillo visto y un salón privado. Abre de martes a viernes desde las 8:30 horas, con desayunos y almuerzos, y mantiene el servicio hasta las 23:30. Los sábados, de 12:00 a 00:00.
La carta tiene una decisión que llama la atención en alguien reconocido por sus arroces: aquí no los hay. Esa ausencia deja el espacio libre para guisos a fuego lento, tapas y raciones, y para un recorrido por la cocina española que no se limita a lo valenciano. Hay gildas, salmonetes, bacalao y oreja crujiente. Hay albóndigas, caracoles a la madrileña y montadito de pringá. Y hay callos a la madrileña, fruto del vínculo personal del cocinero con la capital.

Ese pulso entre lo popular y lo técnico no es casual. Gómez empezó a trabajar en cocina mientras estudiaba y se formó en alta cocina junto a Alejandro del Toro, en un restaurante con estrella Michelin. Siendo muy joven asumió la dirección de cocina de Brosquil, donde consolidó un estilo propio basado en el arroz y la materia prima. En 2015 abrió La Tòfona, con una cocina valenciana actualizada y sin adornos innecesarios, y más tarde El Baret de La Tòfona, en Pobles del Sud, su hermano pequeño dedicado al tapeo y los arroces. Almadía no copia a ninguno de los dos, pero lleva a la barra el cuidado por el producto que define a ambos.
Quizá ahí esté la clave del proyecto: no resucitar un negocio, sino devolverle a un local su razón de ser.


