
El nuevo punto de encuentro de los vecinos de Extramurs
Vicent Marco
Lo primero que hay que entender es qué es una caraba, y como la etimología castellana indica, se trata de un lugar de encuentro festivo. Palabra poco conocida que define aquello que buscan Ayelet y Ronen en su nuevo proyecto, un espacio donde beber, charlar, tomar un café y picar algo rápido. Aunque no nos equivoquemos, por mucho que sus dueños sean los mismos de Kukla, «no es un minikukla», es un proyecto con identidad propia. «No me gusta duplicar lo que existe, me gusta crear algo desde cero, elegir cada pieza de la vajilla, pensar los platos del menú, catar los vinos que entrarán en carta», afirma Ayelet Reiss, quien nos atiende mientras acaba de colocar las últimas piezas de la decoración.
Hay algo de poético en lo que pretenden crear, «me gusta el sonido de los vasos, observar cómo la gente sonríe, sentir que haces que muchos clientes se sientan como en casa, y eso buscamos, que sientan que están en el salón de su casa», confiesa Ayelet. Y bueno, de momento la decoración y la vajilla, rescatada de anticuarios, le confieren un toque personal del que carecen la mayoría de nuevas aperturas. Un rinconcito para libros infantiles y juegos de mesa hace sentir a las familias bienvenidas, y las mesitas junto a las ventanas, tan parisinas ellas, son ideales para una cita romántica.

En Caraba hay café del bueno, tostado por los valencianos que más nombre están adquiriendo en el sector del café de especialidad: FOC. Esos cafés se tomarán con tostadas, bowls y brioches en una oferta matutina muy alineada con las nuevas modas. Ahora bien, con algún guiño a Oriente Medio en los toques de za’atar y semillas. Cierran a la hora de comer y abren ya para esas tardes que se alargan. Unas Zetas fresquitas, las fabulosas cervezas artesanas de Alboraya, vinos valencianos de Celler de Roure y de productores gallegos muy poco conocidos, limonadas caseras o un vermut preparado pueden ser tus compañeros para empezar la caraba.
Porque además de beber, allí también se come bien. La carta, todavía susceptible de recibir algún cambio, no es muy extensa, pero todo lo que contiene tiene un toquecillo interesante. Bravas al horno con un picante sutil, boniatos asados con una crema de mascarpone, una versión picantona del brûlée de pimientos que tan famoso se hizo en Kukla, o una focaccia con una crema de berenjena que no te dejará indiferente. También algunos postres que irán cambiando, algo de tahini, y un plato de brócoli con tzatziki que apunta a convertirse en el gran clásico de la fiesta. Platos para compartir, diferentes, frescos, bastante saludables y con el sabor de las cosas caseras.

Es marca de la casa Kukla, todo lo hacen ellos con cariño y esmero, buscando esa calidez que muchos locales persiguen y pocos alcanzan. De ahí que se cuiden los detalles, como el logotipo diseñado por Guillermo Chanivet o que la cafetera que preside la barra sea una Marzocco de esas que mejoran cualquier grano. Porque ellos pretenden hacer barrio, acoger a la vecina que se quiere tomar un cortado, o a los turistas cada vez más frecuentes en Extramurs. Hay espacio para todos en la caraba, en la celebración, en la familiaridad de un salón bullicioso entre amigos y buenas bebidas.
Y una última reflexión de Ayelet, que merece la pena digerir. «Cuando alguien elige de entre 3000 opciones entrar en tu local, pasar su tiempo en tu casa o gastar su dinero en tu comida, merece un respeto. Eso transmito a todo el equipo, y con esa filosofía trabajamos, tratamos a todo el mundo como nos gusta que nos traten a nosotros cuando salimos». Saben que es imposible contentar a todos, pero seguramente en esas 10 mesas que asoman por la esquina entre la calle Turia y Pere Bonfill, en la caraba, hay espacio para que cualquiera pase un gran momento.

El nuevo punto de encuentro de los vecinos de Extramurs
Vicent Marco
Lo primero que hay que entender es qué es una caraba, y como la etimología castellana indica, se trata de un lugar de encuentro festivo. Palabra poco conocida que define aquello que buscan Ayelet y Ronen en su nuevo proyecto, un espacio donde beber, charlar, tomar un café y picar algo rápido. Aunque no nos equivoquemos, por mucho que sus dueños sean los mismos de Kukla, «no es un minikukla», es un proyecto con identidad propia. «No me gusta duplicar lo que existe, me gusta crear algo desde cero, elegir cada pieza de la vajilla, pensar los platos del menú, catar los vinos que entrarán en carta», afirma Ayelet Reiss, quien nos atiende mientras acaba de colocar las últimas piezas de la decoración.
Hay algo de poético en lo que pretenden crear, «me gusta el sonido de los vasos, observar cómo la gente sonríe, sentir que haces que muchos clientes se sientan como en casa, y eso buscamos, que sientan que están en el salón de su casa», confiesa Ayelet. Y bueno, de momento la decoración y la vajilla, rescatada de anticuarios, le confieren un toque personal del que carecen la mayoría de nuevas aperturas. Un rinconcito para libros infantiles y juegos de mesa hace sentir a las familias bienvenidas, y las mesitas junto a las ventanas, tan parisinas ellas, son ideales para una cita romántica.

En Caraba hay café del bueno, tostado por los valencianos que más nombre están adquiriendo en el sector del café de especialidad: FOC. Esos cafés se tomarán con tostadas, bowls y brioches en una oferta matutina muy alineada con las nuevas modas. Ahora bien, con algún guiño a Oriente Medio en los toques de za’atar y semillas. Cierran a la hora de comer y abren ya para esas tardes que se alargan. Unas Zetas fresquitas, las fabulosas cervezas artesanas de Alboraya, vinos valencianos de Celler de Roure y de productores gallegos muy poco conocidos, limonadas caseras o un vermut preparado pueden ser tus compañeros para empezar la caraba.
Porque además de beber, allí también se come bien. La carta, todavía susceptible de recibir algún cambio, no es muy extensa, pero todo lo que contiene tiene un toquecillo interesante. Bravas al horno con un picante sutil, boniatos asados con una crema de mascarpone, una versión picantona del brûlée de pimientos que tan famoso se hizo en Kukla, o una focaccia con una crema de berenjena que no te dejará indiferente. También algunos postres que irán cambiando, algo de tahini, y un plato de brócoli con tzatziki que apunta a convertirse en el gran clásico de la fiesta. Platos para compartir, diferentes, frescos, bastante saludables y con el sabor de las cosas caseras.

Es marca de la casa Kukla, todo lo hacen ellos con cariño y esmero, buscando esa calidez que muchos locales persiguen y pocos alcanzan. De ahí que se cuiden los detalles, como el logotipo diseñado por Guillermo Chanivet o que la cafetera que preside la barra sea una Marzocco de esas que mejoran cualquier grano. Porque ellos pretenden hacer barrio, acoger a la vecina que se quiere tomar un cortado, o a los turistas cada vez más frecuentes en Extramurs. Hay espacio para todos en la caraba, en la celebración, en la familiaridad de un salón bullicioso entre amigos y buenas bebidas.
Y una última reflexión de Ayelet, que merece la pena digerir. «Cuando alguien elige de entre 3000 opciones entrar en tu local, pasar su tiempo en tu casa o gastar su dinero en tu comida, merece un respeto. Eso transmito a todo el equipo, y con esa filosofía trabajamos, tratamos a todo el mundo como nos gusta que nos traten a nosotros cuando salimos». Saben que es imposible contentar a todos, pero seguramente en esas 10 mesas que asoman por la esquina entre la calle Turia y Pere Bonfill, en la caraba, hay espacio para que cualquiera pase un gran momento.


