
Valentía gastronómica en El Cabanyal
David Blay
FOTOS: Paloma Miralles.
Quizá los comensales no lo perciban tanto, pero existen varias preocupaciones latentes en la hostelería hoy día. La primera, la bajada del ticket medio ante la inflación y la inestabilidad política. La segunda, el descenso del consumo de vino, que impacta tanto en bodegas como en distribuidores y locales. La tercera, la dificultad para encontrar personal ya no solo cualificado, sino también motivado. Y la cuarta, la rentabilidad frente al aumento de costos y la presencia cada vez mayor de grupos gastronómicos que son capaces de negociar mejores precios en base a su volumen de compra.
De ahí nacen, como ya hemos comentado en otras ocasiones, los proyectos de pareja: una persona en la cocina y otra en la sala, que fomentan el autoempleo y evitan gran parte de los problemas expuestos. Uno de los ejemplos más recientes es el de Propi, en Onda.
Lo que no deja de ser relevante es que todos, aun siendo diferentes, acumulan una apuesta en común: cocina creativa, basada en el territorio y la cercanía y una carta de vinos singular. Y aunque cada uno tiene su propia personalidad, el reflejo de una nueva tendencia lleva tiempo asomando en el horizonte.
El caso de Mengem, por meteórico, es especialmente significativo. En apenas un año de vida, apostando por un pequeño local en El Cabanyal (con una acústica, por cierto, muy lograda pese al corto espacio entre mesas) acumula menciones y reconocimientos y se ha hecho un hueco en la escena de la ciudad.

Pero su valentía no solo se exhibe en poner en marcha un proyecto de estas características, que también. Aparece con un menú de entre 30 y 40 euros los viernes en base a cualquier elaboración de la carta (dependiendo si lo elige el comensal o el chef). Y, sobre todo, con la posibilidad de elegir platos individuales pero también de apostar por una degustación con seis pasos a un precio no mucho mayor.
También es importante mencionar que, entre esas propuestas, es valiente convencer a los visitantes que son opciones gourmet las conformadas por ingredientes a priori básicos como pepino, cabralina y almendra o los que unen la influencia francesa con la estacionalidad valenciana en una tarta tatín de nísperos.

Es factible que la polarización que se vive socialmente también se esté integrando en la oferta culinaria, donde pequeños proyectos se conviertan en reductos de calidad. La pregunta es si la inercia de aspirar a comer en determinados lugares se mantendrá, tanto por capacidad adquisitiva como por cambio de hábitos en las nuevas generaciones. Pero, mientras tanto, disfrutemos de apuestas audaces como la de Mengem.

Valentía gastronómica en El Cabanyal
David Blay
FOTOS: Paloma Miralles.
Quizá los comensales no lo perciban tanto, pero existen varias preocupaciones latentes en la hostelería hoy día. La primera, la bajada del ticket medio ante la inflación y la inestabilidad política. La segunda, el descenso del consumo de vino, que impacta tanto en bodegas como en distribuidores y locales. La tercera, la dificultad para encontrar personal ya no solo cualificado, sino también motivado. Y la cuarta, la rentabilidad frente al aumento de costos y la presencia cada vez mayor de grupos gastronómicos que son capaces de negociar mejores precios en base a su volumen de compra.
De ahí nacen, como ya hemos comentado en otras ocasiones, los proyectos de pareja: una persona en la cocina y otra en la sala, que fomentan el autoempleo y evitan gran parte de los problemas expuestos. Uno de los ejemplos más recientes es el de Propi, en Onda.
Lo que no deja de ser relevante es que todos, aun siendo diferentes, acumulan una apuesta en común: cocina creativa, basada en el territorio y la cercanía y una carta de vinos singular. Y aunque cada uno tiene su propia personalidad, el reflejo de una nueva tendencia lleva tiempo asomando en el horizonte.
El caso de Mengem, por meteórico, es especialmente significativo. En apenas un año de vida, apostando por un pequeño local en El Cabanyal (con una acústica, por cierto, muy lograda pese al corto espacio entre mesas) acumula menciones y reconocimientos y se ha hecho un hueco en la escena de la ciudad.

Pero su valentía no solo se exhibe en poner en marcha un proyecto de estas características, que también. Aparece con un menú de entre 30 y 40 euros los viernes en base a cualquier elaboración de la carta (dependiendo si lo elige el comensal o el chef). Y, sobre todo, con la posibilidad de elegir platos individuales pero también de apostar por una degustación con seis pasos a un precio no mucho mayor.
También es importante mencionar que, entre esas propuestas, es valiente convencer a los visitantes que son opciones gourmet las conformadas por ingredientes a priori básicos como pepino, cabralina y almendra o los que unen la influencia francesa con la estacionalidad valenciana en una tarta tatín de nísperos.

Es factible que la polarización que se vive socialmente también se esté integrando en la oferta culinaria, donde pequeños proyectos se conviertan en reductos de calidad. La pregunta es si la inercia de aspirar a comer en determinados lugares se mantendrá, tanto por capacidad adquisitiva como por cambio de hábitos en las nuevas generaciones. Pero, mientras tanto, disfrutemos de apuestas audaces como la de Mengem.


