
La arrocería inesperada
David Blay
Existe una percepción desde Valencia que crea en Pinedo una línea que demasiadas veces se salta. Bien porque el local tiende a buscar las playas de la capital o de la cercana Alboraya o bien porque se aspira a algo más emblemático y se pone dirección al El Palmar. Una clara injusticia, dado el número de opciones gastronómicas notables y la cercanía de la población.
Para los no locales, además, la parada suele ubicarse en la parte más cercana al puerto del paseo marítimo. Quizá porque supone la entrada natural o por simple desconocimiento de lo que se esconde algo más allá. Que, ciertamente, debe conocerse, pues las indicaciones tampoco ayudan a llegar a buen puerto (nunca mejor dicho) de manera sencilla.
Es ahí, donde se accede a uno de los clásicos parkings junto a la arena tras varias rotondas y giros, donde se ubica una propuesta singular. No solo por su calidad culinaria, sino por la amplitud de su horario, la decoración cuidada, las vistas al mar y un servicio excelente en tiempos oscuros para encontrar personal de sala en la hostelería.

Bien en su amplia terraza peatonal o en un interior, mucha gente ha descubierto Maremar antes a las nueve y media de la mañana que a las dos de la tarde. No en vano es de las pocas plazas que ofrecen el clásico almuerzo en paella y la concurrencia cercana sí lo tiene grabado en el radar como paso obligatorio.
Pero es en las comidas o en las cenas donde sorprende a los no iniciados y se convierte en diferencial. Porque, lejos de encontrar una arrocería más, permite atraer todo tipo de públicos que van desde familias que buscan precios razonables sin perder calidad a personas que buscan producto de buen nivel en una carta variada pero no excesivamente extensa.
Sin duda, el tomate de temporada con caballa y encurtidos, su ensaladilla con pescado salvaje y quisquilla de Santa Pola o la titaina de atún sorra y huevo de codorniz complementan una serie de entrantes que ofrecen diversas experiencias según la intención de la visita. Como lo pueden hacer pescados como la lubina, el cabracho o la dorada a la brasa.

Pero es evidente que es en los arroces donde crea recetas diferenciales. Y no solo por la combinación de ingredientes, sino también por los sabores que consigue arrancar de ellos. El de codium, zamburiñas, rape, mejillones y gambón llama la atención, como lo hace que el senyoret sea con carabineros, rape y alcachofa o alternativa con galeras y erizos de mar.
Pero también apuesta por el clasicismo con una paella valenciana (por encargo), que tiene caracoles, por mantener un arroz negro al que añade ajos tiernos u ofrecer de verduras o pescado basándose en productos de temporada.
Es difícil, aun así, destacar en un territorio en el que los restaurantes cada vez ofrecen mejores productos y platos tradicionales. Pero tiene algo Maremar, también en su personal y sus fundadores, que invita a repetir. Y que puede posicionar, por fin, Pinedo como la realidad gastronómica que es para este tipo de locales.

La arrocería inesperada
David Blay
Existe una percepción desde Valencia que crea en Pinedo una línea que demasiadas veces se salta. Bien porque el local tiende a buscar las playas de la capital o de la cercana Alboraya o bien porque se aspira a algo más emblemático y se pone dirección al El Palmar. Una clara injusticia, dado el número de opciones gastronómicas notables y la cercanía de la población.
Para los no locales, además, la parada suele ubicarse en la parte más cercana al puerto del paseo marítimo. Quizá porque supone la entrada natural o por simple desconocimiento de lo que se esconde algo más allá. Que, ciertamente, debe conocerse, pues las indicaciones tampoco ayudan a llegar a buen puerto (nunca mejor dicho) de manera sencilla.
Es ahí, donde se accede a uno de los clásicos parkings junto a la arena tras varias rotondas y giros, donde se ubica una propuesta singular. No solo por su calidad culinaria, sino por la amplitud de su horario, la decoración cuidada, las vistas al mar y un servicio excelente en tiempos oscuros para encontrar personal de sala en la hostelería.

Bien en su amplia terraza peatonal o en un interior, mucha gente ha descubierto Maremar antes a las nueve y media de la mañana que a las dos de la tarde. No en vano es de las pocas plazas que ofrecen el clásico almuerzo en paella y la concurrencia cercana sí lo tiene grabado en el radar como paso obligatorio.
Pero es en las comidas o en las cenas donde sorprende a los no iniciados y se convierte en diferencial. Porque, lejos de encontrar una arrocería más, permite atraer todo tipo de públicos que van desde familias que buscan precios razonables sin perder calidad a personas que buscan producto de buen nivel en una carta variada pero no excesivamente extensa.
Sin duda, el tomate de temporada con caballa y encurtidos, su ensaladilla con pescado salvaje y quisquilla de Santa Pola o la titaina de atún sorra y huevo de codorniz complementan una serie de entrantes que ofrecen diversas experiencias según la intención de la visita. Como lo pueden hacer pescados como la lubina, el cabracho o la dorada a la brasa.

Pero es evidente que es en los arroces donde crea recetas diferenciales. Y no solo por la combinación de ingredientes, sino también por los sabores que consigue arrancar de ellos. El de codium, zamburiñas, rape, mejillones y gambón llama la atención, como lo hace que el senyoret sea con carabineros, rape y alcachofa o alternativa con galeras y erizos de mar.
Pero también apuesta por el clasicismo con una paella valenciana (por encargo), que tiene caracoles, por mantener un arroz negro al que añade ajos tiernos u ofrecer de verduras o pescado basándose en productos de temporada.
Es difícil, aun así, destacar en un territorio en el que los restaurantes cada vez ofrecen mejores productos y platos tradicionales. Pero tiene algo Maremar, también en su personal y sus fundadores, que invita a repetir. Y que puede posicionar, por fin, Pinedo como la realidad gastronómica que es para este tipo de locales.


