Kukla, de Valencia

  • Valencia

  • Palomino 8

  • 665 479 038

  • Abre los lunes de 19:30 a 23:30 y de martes a sábado de 13 a 16 y de 19:30 a 23:30

  • Precio sin bebida 25 euros

El hummus en su máximo esplendor

Vicent Marco

En uno de esos rincones que respiran Carmen, rodeado de grafitis, turistas despistados y alguna cotorra que visita los cuatro árboles de la calle, se sitúa Kukla. Un nombre cariñoso que usaba el abuelo de Ronen para llamar a su abuela. Ronen y Ayelet cocinan y miman en su casa, con ese cariño familiar, el que probablemente sea el mejor hummus de la ciudad. Cremoso, con la intensidad necesaria del buen tahini y acompañado por setas, garbanzos salteados, coliflor o berenjena, según la disponibilidad de los productos de temporada. Su hummus es uno de los motivos por los que, tras casi siete años de aventura, sigue colgando el cartel de completo muchas noches.

Ahora que apetece pisar terraza, la suya es paradigmática de lo que son las terrazas del barrio más antiguo de Valencia. Algún vecino intenta recorrer con el coche la calle lateral, unas holandesas montadas en bicis de alquiler están a punto de atropellar a los comensales, perretes que beben agua que les ofrecen los camareros. Todo tranquilo, agradable: una charla animada, la muralla árabe al girar la esquina, unas cervezas Zeta fresquitas, mojar pan de pita en un poco de babaganoush. La vida que enamora a quienes han decidido mudarse a Valencia y también a muchos vecinos, que encuentran un lugar donde comer diferente, sano y a muy buen precio entre las franquicias que aterrizan en el barrio.

Sí, la comida es ciertamente distinta: bastantes especias, sin que ninguna sea picante, como el zaatar o el cardamomo que acompaña sus helados. Limonadas caseras, diferentes panes que se adaptan a cada plato, bastante yogur y sabores encurtidos. Ahora bien, los ingredientes no nos resultan extraños: feta, hojaldre, quesos frescos, tomates, huevos, berenjenas… y un concepto muy mediterráneo, compartir. Porque lo interesante de Kukla es pedir diferentes platos, los mezze que llaman en Grecia, o nuestras famosas tapas, que ya no tapan ninguna copa de vino. Y mientras van llegando, a gran velocidad, comer un poco de esto y un poco de aquello de manera distendida.

Su pimiento brûlée es uno de sus grandes «hits» desde que abrió sus puertas y el ejemplo de todo lo anterior. Una pasta de pimientos rojos y verdes, queso feta y una fina capa de azúcar caramelizado al estilo de la crema catalana. Ideal para «sucar», como nuestros «mulladors». Lo mismo ocurre con la shakshuka, un sofrito de tomate, ajo, cebolla, pimiento y berenjena. Para entendernos, un pisto mucho más tomatoso, al que le colocan encima huevos fritos y feta en su opción tradicional; también la hay vegana. Y, pese a la coincidencia de ingredientes, su sabor y su textura son distintos a nuestros pistos, de ahí que la sorpresa nunca sea negativa: tu paladar ya está acostumbrado a estos sabores y texturas, pero agradece la novedad.

Falafel canónico, una banitsa de queso y espinacas muy sabrosa, ensaladas fresquitas, berenjenas rebozadas crujientes y también opción de comer una especie de bocadillos, con pan jalá o de pita, frescos y salseados. Entre los postres, su plato estrella es el knafeh, un dulce árabe que combina pasta crujiente, queso fundido, almíbar y pistachos. Si además lo acompañas de su helado casero de cardamomo, hablamos de un postre redondo y diferente.

Como en cualquier restaurante, hay cambios de carta, de personal y de proveedores que hacen que la experiencia varíe según el momento de tu visita. Ahora mismo, de hecho, están en ese punto de introducir algunos platos nuevos, ajustar la carta y preparar las propuestas del verano. Son ya ocho los veranos que forman parte del barrio, ganándose el cariño de muchos valencianos y reivindicando una cocina menos habitual en nuestros restaurantes.

Puede que ya no sean la gran novedad, pero, en ese proceso de consolidación, Ayelet y Ronen han convertido su esquina carmelera en ese bar sencillo al que acudir sin más pretensión que comer bien y pasar un rato agradable. Algo que debería parecer norma y que cada vez es más complicado encontrar en unas calles necesitadas de proyectos auténticos y con alma como el de Kukla.

¡Compartir es vivir!

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  • Abre los lunes de 19:30 a 23:30 y de martes a sábado de 13 a 16 y de 19:30 a 23:30

  • Precio sin bebida 25 euros

El hummus en su máximo esplendor

Vicent Marco

En uno de esos rincones que respiran Carmen, rodeado de grafitis, turistas despistados y alguna cotorra que visita los cuatro árboles de la calle, se sitúa Kukla. Un nombre cariñoso que usaba el abuelo de Ronen para llamar a su abuela. Ronen y Ayelet cocinan y miman en su casa, con ese cariño familiar, el que probablemente sea el mejor hummus de la ciudad. Cremoso, con la intensidad necesaria del buen tahini y acompañado por setas, garbanzos salteados, coliflor o berenjena, según la disponibilidad de los productos de temporada. Su hummus es uno de los motivos por los que, tras casi siete años de aventura, sigue colgando el cartel de completo muchas noches.

Ahora que apetece pisar terraza, la suya es paradigmática de lo que son las terrazas del barrio más antiguo de Valencia. Algún vecino intenta recorrer con el coche la calle lateral, unas holandesas montadas en bicis de alquiler están a punto de atropellar a los comensales, perretes que beben agua que les ofrecen los camareros. Todo tranquilo, agradable: una charla animada, la muralla árabe al girar la esquina, unas cervezas Zeta fresquitas, mojar pan de pita en un poco de babaganoush. La vida que enamora a quienes han decidido mudarse a Valencia y también a muchos vecinos, que encuentran un lugar donde comer diferente, sano y a muy buen precio entre las franquicias que aterrizan en el barrio.

Sí, la comida es ciertamente distinta: bastantes especias, sin que ninguna sea picante, como el zaatar o el cardamomo que acompaña sus helados. Limonadas caseras, diferentes panes que se adaptan a cada plato, bastante yogur y sabores encurtidos. Ahora bien, los ingredientes no nos resultan extraños: feta, hojaldre, quesos frescos, tomates, huevos, berenjenas… y un concepto muy mediterráneo, compartir. Porque lo interesante de Kukla es pedir diferentes platos, los mezze que llaman en Grecia, o nuestras famosas tapas, que ya no tapan ninguna copa de vino. Y mientras van llegando, a gran velocidad, comer un poco de esto y un poco de aquello de manera distendida.

Su pimiento brûlée es uno de sus grandes «hits» desde que abrió sus puertas y el ejemplo de todo lo anterior. Una pasta de pimientos rojos y verdes, queso feta y una fina capa de azúcar caramelizado al estilo de la crema catalana. Ideal para «sucar», como nuestros «mulladors». Lo mismo ocurre con la shakshuka, un sofrito de tomate, ajo, cebolla, pimiento y berenjena. Para entendernos, un pisto mucho más tomatoso, al que le colocan encima huevos fritos y feta en su opción tradicional; también la hay vegana. Y, pese a la coincidencia de ingredientes, su sabor y su textura son distintos a nuestros pistos, de ahí que la sorpresa nunca sea negativa: tu paladar ya está acostumbrado a estos sabores y texturas, pero agradece la novedad.

Falafel canónico, una banitsa de queso y espinacas muy sabrosa, ensaladas fresquitas, berenjenas rebozadas crujientes y también opción de comer una especie de bocadillos, con pan jalá o de pita, frescos y salseados. Entre los postres, su plato estrella es el knafeh, un dulce árabe que combina pasta crujiente, queso fundido, almíbar y pistachos. Si además lo acompañas de su helado casero de cardamomo, hablamos de un postre redondo y diferente.

Como en cualquier restaurante, hay cambios de carta, de personal y de proveedores que hacen que la experiencia varíe según el momento de tu visita. Ahora mismo, de hecho, están en ese punto de introducir algunos platos nuevos, ajustar la carta y preparar las propuestas del verano. Son ya ocho los veranos que forman parte del barrio, ganándose el cariño de muchos valencianos y reivindicando una cocina menos habitual en nuestros restaurantes.

Puede que ya no sean la gran novedad, pero, en ese proceso de consolidación, Ayelet y Ronen han convertido su esquina carmelera en ese bar sencillo al que acudir sin más pretensión que comer bien y pasar un rato agradable. Algo que debería parecer norma y que cada vez es más complicado encontrar en unas calles necesitadas de proyectos auténticos y con alma como el de Kukla.

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