En Valencia nació hace años un proyecto que ha decidido darle la vuelta a la manera en la que nos acercamos a los alimentos: se llama Sentit y su centro de gravedad es el aceite de oliva virgen extra, pero también todo lo que se mueve a su alrededor, desde el paisaje agrario hasta la manera en que nos sentamos a la mesa. No se trata de una cata al uso, sino de una especie de laboratorio sensorial en el que oler, tocar, escuchar y mirar un producto es tan importante como saborearlo.
Sentit tiene rostro y biografía: el de Irene Espert, ingeniera agrícola especializada en industrias agroalimentarias que convirtió una vida nómada entre Argentina, Portugal y España en un proyecto de divulgación gastronómica. En Mendoza trabajó en la campaña de producción de aceite de oliva en la finca de la familia Zuccardi, afinando su mirada sobre el AOVE con largas jornadas de laboratorio, campo y contacto directo con programas de turismo y comunicación del aceite.
La experiencia internacional de Irene cristalizó en Valencia, cuando poner en barbecho su carrera investigadora para procesar todo lo aprendido. A partir de ahí, el curso de capacitación en agroecología organizado por CERAI y la observación de los vínculos entre agronomía, sostenibilidad y consumo le ofrecieron el marco perfecto para imaginar una pedagogía del aceite que no se quedara en la botella.
Las experiencias se articulan como encuentros alrededor de uno o varios productos –aceite de oliva virgen extra, quesos, arroz, mermeladas artesanas, cervezas o vermuts– en los que se construye una relación gastronómica a través de todos los sentidos. Una mesa compartida, un menú que integra esos productos y una narradora que guía la conversación son las herramientas básicas con las que se explica qué hay detrás de cada bocado, desde las variedades de aceituna hasta las texturas de un pan ecológico.
El proyecto se sostiene desde su inicio en una red de espacios y productores que comparten una misma idea de alimentación sostenible: huertas como Saifresc y Mastika L’Horta, hornos como San Bartolomé o Terra de Pà, pequeños elaboradores cárnicos y veganos como Bolissim, cervezas artesanas Tyris o proyectos de agroturismo como Sequer Lo Blanch u Oganyo. En colaboración con iniciativas como Tasta’l de ací o FAM, Sentit conecta el campo con la ciudad y convierte cada sesión en un mapa tangible del territorio alimentario valenciano.
En el centro de esta constelación está el aceite de oliva virgen extra, al que Irene se refiere como una síntesis de Mediterráneo, raíces, cultura y naturaleza. En sus sesiones, el AOVE se convierte en lenguaje, con aceites de productores como Masía el Altet, Olis Cuquello, OliOli, 565 MSNM o Bodega Clos de LOM servidos sobre cerámica artesanal, acompañados de platos pensados para amplificar sus matices.
En cada experiencia se teje un discreto networking entre productores y comensales: se cuenta quién está detrás de cada aceite, pan o verdura, y se ofrecen claves para que la elección de compra posterior esté informada y alineada con ciertos valores. Es una cadena de conocimiento en la que la persona que se sienta a la mesa pasa de ser consumidora pasiva a aliada de proyectos agrarios concretos.
En Valencia nació hace años un proyecto que ha decidido darle la vuelta a la manera en la que nos acercamos a los alimentos: se llama Sentit y su centro de gravedad es el aceite de oliva virgen extra, pero también todo lo que se mueve a su alrededor, desde el paisaje agrario hasta la manera en que nos sentamos a la mesa. No se trata de una cata al uso, sino de una especie de laboratorio sensorial en el que oler, tocar, escuchar y mirar un producto es tan importante como saborearlo.
Sentit tiene rostro y biografía: el de Irene Espert, ingeniera agrícola especializada en industrias agroalimentarias que convirtió una vida nómada entre Argentina, Portugal y España en un proyecto de divulgación gastronómica. En Mendoza trabajó en la campaña de producción de aceite de oliva en la finca de la familia Zuccardi, afinando su mirada sobre el AOVE con largas jornadas de laboratorio, campo y contacto directo con programas de turismo y comunicación del aceite.
La experiencia internacional de Irene cristalizó en Valencia, cuando poner en barbecho su carrera investigadora para procesar todo lo aprendido. A partir de ahí, el curso de capacitación en agroecología organizado por CERAI y la observación de los vínculos entre agronomía, sostenibilidad y consumo le ofrecieron el marco perfecto para imaginar una pedagogía del aceite que no se quedara en la botella.
Las experiencias se articulan como encuentros alrededor de uno o varios productos –aceite de oliva virgen extra, quesos, arroz, mermeladas artesanas, cervezas o vermuts– en los que se construye una relación gastronómica a través de todos los sentidos. Una mesa compartida, un menú que integra esos productos y una narradora que guía la conversación son las herramientas básicas con las que se explica qué hay detrás de cada bocado, desde las variedades de aceituna hasta las texturas de un pan ecológico.
El proyecto se sostiene desde su inicio en una red de espacios y productores que comparten una misma idea de alimentación sostenible: huertas como Saifresc y Mastika L’Horta, hornos como San Bartolomé o Terra de Pà, pequeños elaboradores cárnicos y veganos como Bolissim, cervezas artesanas Tyris o proyectos de agroturismo como Sequer Lo Blanch u Oganyo. En colaboración con iniciativas como Tasta’l de ací o FAM, Sentit conecta el campo con la ciudad y convierte cada sesión en un mapa tangible del territorio alimentario valenciano.
En el centro de esta constelación está el aceite de oliva virgen extra, al que Irene se refiere como una síntesis de Mediterráneo, raíces, cultura y naturaleza. En sus sesiones, el AOVE se convierte en lenguaje, con aceites de productores como Masía el Altet, Olis Cuquello, OliOli, 565 MSNM o Bodega Clos de LOM servidos sobre cerámica artesanal, acompañados de platos pensados para amplificar sus matices.
En cada experiencia se teje un discreto networking entre productores y comensales: se cuenta quién está detrás de cada aceite, pan o verdura, y se ofrecen claves para que la elección de compra posterior esté informada y alineada con ciertos valores. Es una cadena de conocimiento en la que la persona que se sienta a la mesa pasa de ser consumidora pasiva a aliada de proyectos agrarios concretos.


