Propi, de Onda

  • Onda

  • Maestro Giner 2 bajo

  • 683 574 878

  • Abre de lunes a jueves de 13:30 a 16. Viernes y sábados de 13:30 a 16 y de 20:30 a 23.

  • Precio sin bebida 50 euros

La nueva Onda de la gastronomía castellonense

David Blay

Todos somos diferentes cuando trabajamos a cuando nos encontramos en el confort del hogar. Aunque, en muchas circunstancias, nos gustaría disponer de un espacio, físico y personal, para acercarnos a la comodidad que desprende nuestra casa. Lo que contribuiría, en muchos casos, a un mejor desempeño profesional.

En el caso de la hostelería, son cada vez más comunes los lugares que se acercan más a un acogimiento íntimo que a grandes obras de interiorismo. Quizá porque existe una deriva hacia pequeños negocios. O, como ya hemos comentado en otras ocasiones, porque el autoempleo parece una de las pocas salidas en tiempos de márgenes escasos y comensales indescifrables en sus elecciones.

A todo ello se une el hecho de las crecientes apuestas por territorios que parecían yermos en lo gastronómico, a los que hay que desplazarse cuando vives en una ciudad, con la carga temporal que ello conlleva. Y que, sin embargo, están floreciendo a un ritmo cada vez mayor. Léanse los ejemplos de Origen en Carcaixent, Simposio en San Antonio de Benagéber o Farigola i Menta en Torrent.

Quizá en la provincia de Castellón esta atomización estaba más clara, con Benicàssim, Peñíscola o La Vall D’Alba como estandartes. Pero es evidente que Onda no estaba en el radar inmediato de los gourmets. Hasta hace apenas un año.

Propi es una casa de comidas contemporánea que se ha colado en el día a día de la localidad como si llevara allí toda la vida, a pesar de que apenas ha soplado su primera vela. El local renuncia a la épica del gran diseño y se instala en un comedor donde la distancia entre mesas sirve para escuchar al acompañante sin perder el murmullo de fondo.

Su propuesta se sostiene en sabores de infancia que se expresan con la limpieza y el ritmo de un menú actual. No hay reclamo de vanguardia, sino un trabajo casi obsesivo sobre fondos, cocciones y salsas que hace que el bocado resulte familiar y, al mismo tiempo, más preciso de lo que la memoria recordaba. Ahí se exhibe la mano de Rober, que tras pasar por numerosas altas cocinas exhibe por fin la suya propia.

Los menús rotan con frecuencia por una voluntad de ajustarse al producto que llega y a un precio que siga resultando accesible. Esa flexibilidad permite que convivan, en diferentes momentos, guisos que se comen con cuchara pausada, piezas de carne tratadas con respeto y pescados que rehúyen la decoración excesiva para centrarse en la textura.

Hay un cuidado evidente en pequeños gestos: la temperatura a la que llegan los platos; el modo en que se corrige, sin dramatismo, cualquier desajuste; la sensibilidad para detectar si una mesa quiere conversar o, por el contrario, prefiere una presencia casi invisible. Todo ello construye una sensación de confianza que, en una localidad donde todos se conocen, resulta tan importante como la propia carta. La mano de Vero, que además de regir la sala ofrece un plus a través de sus conocimientos del vino, completa de este modo la experiencia.

En Onda, donde la industria y la logística marcan el pulso, un lugar así no solo alimenta, también retiene: trabajadores que eligen comer bien cerca, vecinos que encuentran una alternativa a las salidas a la capital, familias que descubren que un menú cuidado puede ser el plan del fin de semana.

Al mismo tiempo, el restaurante dialoga con el entorno: proveedores cercanos, un producto que se apoya en aquello que está a mano, y una cocina que respeta los tiempos de cada temporada sin necesidad de proclamarlo en cada discurso.

Podríamos citar uno o varios platos pero hacerlo podría inducir a error. Primero, porque es factible que en una segunda o tercera visita ya no existan. Tal es la creatividad de la parte gastronómica. Pero sobre todo porque la esencia de la apuesta no reside solo en su (cambiante) carta. Lo hace en poder comer fuera como si estuvieras en tu casa. Sabiendo que una pareja apostó por dejar los grandes nombres para comenzar a construir el suyo propio.

¡Compartir es vivir!

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  • Precio sin bebida 50 euros

La nueva Onda de la gastronomía castellonense

David Blay

Todos somos diferentes cuando trabajamos a cuando nos encontramos en el confort del hogar. Aunque, en muchas circunstancias, nos gustaría disponer de un espacio, físico y personal, para acercarnos a la comodidad que desprende nuestra casa. Lo que contribuiría, en muchos casos, a un mejor desempeño profesional.

En el caso de la hostelería, son cada vez más comunes los lugares que se acercan más a un acogimiento íntimo que a grandes obras de interiorismo. Quizá porque existe una deriva hacia pequeños negocios. O, como ya hemos comentado en otras ocasiones, porque el autoempleo parece una de las pocas salidas en tiempos de márgenes escasos y comensales indescifrables en sus elecciones.

A todo ello se une el hecho de las crecientes apuestas por territorios que parecían yermos en lo gastronómico, a los que hay que desplazarse cuando vives en una ciudad, con la carga temporal que ello conlleva. Y que, sin embargo, están floreciendo a un ritmo cada vez mayor. Léanse los ejemplos de Origen en Carcaixent, Simposio en San Antonio de Benagéber o Farigola i Menta en Torrent.

Quizá en la provincia de Castellón esta atomización estaba más clara, con Benicàssim, Peñíscola o La Vall D’Alba como estandartes. Pero es evidente que Onda no estaba en el radar inmediato de los gourmets. Hasta hace apenas un año.

Propi es una casa de comidas contemporánea que se ha colado en el día a día de la localidad como si llevara allí toda la vida, a pesar de que apenas ha soplado su primera vela. El local renuncia a la épica del gran diseño y se instala en un comedor donde la distancia entre mesas sirve para escuchar al acompañante sin perder el murmullo de fondo.

Su propuesta se sostiene en sabores de infancia que se expresan con la limpieza y el ritmo de un menú actual. No hay reclamo de vanguardia, sino un trabajo casi obsesivo sobre fondos, cocciones y salsas que hace que el bocado resulte familiar y, al mismo tiempo, más preciso de lo que la memoria recordaba. Ahí se exhibe la mano de Rober, que tras pasar por numerosas altas cocinas exhibe por fin la suya propia.

Los menús rotan con frecuencia por una voluntad de ajustarse al producto que llega y a un precio que siga resultando accesible. Esa flexibilidad permite que convivan, en diferentes momentos, guisos que se comen con cuchara pausada, piezas de carne tratadas con respeto y pescados que rehúyen la decoración excesiva para centrarse en la textura.

Hay un cuidado evidente en pequeños gestos: la temperatura a la que llegan los platos; el modo en que se corrige, sin dramatismo, cualquier desajuste; la sensibilidad para detectar si una mesa quiere conversar o, por el contrario, prefiere una presencia casi invisible. Todo ello construye una sensación de confianza que, en una localidad donde todos se conocen, resulta tan importante como la propia carta. La mano de Vero, que además de regir la sala ofrece un plus a través de sus conocimientos del vino, completa de este modo la experiencia.

En Onda, donde la industria y la logística marcan el pulso, un lugar así no solo alimenta, también retiene: trabajadores que eligen comer bien cerca, vecinos que encuentran una alternativa a las salidas a la capital, familias que descubren que un menú cuidado puede ser el plan del fin de semana.

Al mismo tiempo, el restaurante dialoga con el entorno: proveedores cercanos, un producto que se apoya en aquello que está a mano, y una cocina que respeta los tiempos de cada temporada sin necesidad de proclamarlo en cada discurso.

Podríamos citar uno o varios platos pero hacerlo podría inducir a error. Primero, porque es factible que en una segunda o tercera visita ya no existan. Tal es la creatividad de la parte gastronómica. Pero sobre todo porque la esencia de la apuesta no reside solo en su (cambiante) carta. Lo hace en poder comer fuera como si estuvieras en tu casa. Sabiendo que una pareja apostó por dejar los grandes nombres para comenzar a construir el suyo propio.

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