

Arroces del Palmar pegados a Valencia
David Blay
Apenas unos minutos separan la ciudad de un local que parece diseñado para alargar el día sin mirar el reloj, tanto en verano como en invierno. Comedor luminoso con grandes ventanales, terraza amplia y una zona lounge con piscina que remite más a un beach club que a la casa de comidas de toda la vida. El parking privado gratuito, la música en tono bajo y la sensación de estar de vacaciones aunque solo hayas cruzado el viejo cauce convierten Pinedo Beach en un refugio para quien busca cercanía al mar sin masificación.
Detrás del proyecto está Gastro Arrocerías Group, el mismo sello que firma Arrocería Maribel y El Rek, con la chef ejecutiva María José Estevens marcando la hoja de ruta: producto cercano, estacionalidad y un ADN muy reconocible de l’Albufera y la huerta. En sala y terraza se percibe esa voluntad de grupo consolidado: tiempos de pase ajustados, servicio atento sin resultar invasivo y una propuesta pensada para que la comida derive de manera natural en sobremesa con copa en el exterior aprovechando los 300 días de sol al año de la región.

La cocina se alinea con idea de reinterpretar el recetario valenciano sin romperlo. Los entrantes trasladan a la tradición con un punto de modernidad: calamar de playa a la plancha con velo de panceta ibérica, alioli de miel y pesto de canónigos, rabas con mayonesa de lima y perejil, tartar de atún o croqueta líquida de pato y setas servida en copa. Todo ello sujeto a la temporalidad de lonja y huerta, lo que permite que la carta respire según la temporada y mantenga una coherencia clara con el entorno de Pinedo.
Aun así, a nadie escapa que al local destaca por los arroces. Hay concesiones obligadas al clasicismo —paella valenciana de pollo y conejo, arroces marineros, senyoret—, pero también guiños más arriesgados como el arroz de plancton marino con gamba rayada o un meloso de pulpo. El senyoret, con bacalao, gamba y mejillones, resume bien la filosofía de la casa: fondo potente, punto de sal contenido y un perfil marcadamente marinero.

La bodega, con alrededor de un centenar de referencias y especial atención a los vinos de la Comunitat Valenciana, funciona como extensión del discurso de proximidad. Mientras, en el terreno dulce propuestas como la torrija de horchata con helado de turrón cumplen el papel de devolver la memoria local a los postres.
Con un ticket medio razonable para el formato, la localización y el plus de disponer de una zona lounge donde terminar con una copa viendo caer la tarde sobre Pinedo, el local se consolida en una población que crecerá gastronómicamente en 2026 y donde el punto medio entre la capital y El Palmar comenzará a ganar protagonismo.
Pinchar en las imágenes para verlas ampliadas y en carrusel.


